Si las eliminatorias son un recorrido cuyo objetivo es la acumulación matemática para llegar a la estación terminal del Mundial de Rusia 2018, entonces la victoria ante Chile tiene una importancia enorme. Si se trata también de afianzar una búsqueda, exhibir marcas de una evidente evolución y consolidar algunas ideas desde lo conceptual, entonces podemos hablar de tres puntos suspensivos.
El fútbol tiene sus particularidades. Se puede tener al mejor jugador del mundo en el campo y desde lo colectivo involucionar respecto de partidos anteriores. Nadie en su sano juicio podrÃa negar que la actuación del seleccionado argentino ante Colombia en la última presentación de 2015, con Messi mirando el partido desde Barcelona, fue infinitamente superior en lo grupal a lo que el equipo pudo hacer ante la Roja de Pizzi.
En el duelo frente a los chilenos y recuperando viejos vicios de los tiempos de Sabella, el equipo nacional se rompió con facilidad, se partió permanentemente y se estiró generando una dependencia peligrosa de lo que es capaz de hacer la Pulga como protagonista o cualquiera de sus eventuales compañeros de ataque como actores de reparto.
Veinte minutos a toda orquesta en la primera etapa, abandonando la banda derecha y saliendo a jugar al centro del ataque partiendo detrás de la posición de Agüero, le alcanzaron a Leo para destrozar a la defensa trasandina y ser el amo y señor del juego. Antes y después, el equipo de Martino fue un colectivo sin asociaciones en ataque, con medios que presionaron poco y nada, casi nunca pasaron la lÃnea de la bola y fueron superados por sus rivales en cada rebote y segundas jugadas.
Diezmado en sus nombres por la falta de seis titulares (Vidal, Aranguiz, Valdivia y Vargas de arranque y en pocos minutos Fernández y DÃaz), Chile no pudo emparejar con su funcionamiento colectivo la falta de inspiración individual. Sostenido en la vitalidad de algunos apellidos (Messi, Funes Mori, Mercado u Otamendi), la Argentina maquilló su flojo partido como equipo y desde un pragmatismo furioso, todavÃa celebra una valiosa victoria.
Si el triunfo en Barranquilla canjeó la derrota en casa frente a Ecuador, la imposición de Santiago sirve para trocar los empates ante Paraguay y Brasil. Se le ganó al campeón de América y si como todo hace suponer se vuelve a sumar de a tres frente a Bolivia, la calculadora entregará un balance perfecto de esta doble jornada.
El análisis del juego obliga a otra mirada. Si como dijo alguna vez Martino, a su elenco le cuesta adaptarse al contexto cuando no tiene la pelota, deberá seguir buscando variantes para no romper sus principios básicos, pero tampoco sufrir como le ocurre cuando no dispone de la bola. Ante los de Pizzi no hubo presión en la salida rival, ni buena recuperación de los medios. Solo la solvencia defensiva, especialmente de los centrales y la falta de imaginación chilena que se fue profundizando con el correr de los minutos, ayudaron a que esa posesión de los trasandinos no se tradujera en llegadas de peligro.
Se puede ser exigente con el seleccionado argentino. Se debe reclamar mucho más. Claro que con las victorias todo es más relajado y la mejorÃa es más sencilla, pero serÃa peligrosamente conformista poner la vara tan baja. Vale mucho el triunfo, tanto como buscar recuperar la idea madre. A nadie se le puede ocurrir que la Argentina falte a la cita mundialista, por eso se trata de pensar un paso más adelante y sin subestimar a nadie, demandar un poco más de juego. Y si Martino lo pregonó enfáticamente, otra idea. La suya. Esa que faltó a la cita en Santiago. Más allá del festejo y las sonrisas de la victoria.
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